Aquel día que la conocí

Aquel día que la conocí

PIII PIII NANANA PIII PIII NANANA… Aquel maldito despertador con forma de Pac-Man sonó a las 6:20 AM como cada mañana (pese a que odiaba su sonido infernal siempre le he guardado un especial cariño a ese cacharro, supongo que por su estilo retro que me recordaba a mi infancia, años mejores desde luego, cuánto ha cambiado la vida desde entonces).

Como todos los días lo primero que hice fue coger de mi mesita de noche mis gafas de realidad aumentada FTX-9300, último modelo de potentísima tecnología alemana. Me encantaba su diseño ultra fino y como se adaptan a los ojos, no como aquellas antiguallas enormes de hace 10 años.

Al sincronizarse el sensor con mi smartphone apareció ante mí información del día, 19 de Enero de 2025, ¿cómo iba a olvidar aquella fecha? La primera aplicación en activarse era el tiempo, aparecieron nubes negras y lluvia dentro de mi habitación, por suerte solo se trataba de la “magia” de la realidad aumentada, aquellas no mojaban pero ya se pronosticaba que el día iba a darse extraño.

Seguí realizando mi ritual diario, arreglarme para ir al trabajo, contestar a los mails del día anterior, visitar mis redes sociales y un desayuno de un tazón de leche sin lactosa, relleno de cereales de miel con chocolate y 2 cucharadas de azúcar. Recuerdo que estaba acabando con el plato cuando llegó un mensaje de mi amigo Fran que cambiaría por completo mi vida.

Recuerda lo que estuvimos hablando este finde, descárgate esas jodidas aplicaciones y espabila de una vez!

Ese mismo fin de semana había tenido una conversación con mi grupo de amigos y prácticamente me insistieron para descargarme aquellas famosas aplicaciones de relaciones que estaban de moda y conocer a alguna chica. Es cierto que por el trabajo y un poco de recelo por experiencias pasadas tenía aquel tema abandonado, pero según ellos estaba encerrándome demasiado en mí mismo y no compartía mi vida con nadie.

Dudé un poco al ver el mensaje, pero con tal de que no siguieran atosigándome descargué un par de ellas por probar, y me fui a trabajar.

Aquellas aplicaciones básicamente lo que hacían era, tras un análisis exhaustivo de mis redes sociales, resaltar aquellas personas con las que te cruzaras y pudieras encajar basándose en extraños algoritmos. Desde hacía unos años, con las gafas de realidad aumentada ya se podía ver información como sus nombres, sus redes, puestos de trabajo, valoraciones de otras personas, etcétera. Pero sólo aquellas que estuviesen en tu campo visual y que poseyeran unas gafas, que desde hace unos años era el 90% de la población, salvando algunos grupos rebeldes que sólo las usaban para lo imprescindible o los frikis que se negaban a usar esta tecnología para nada.

Lo único que añadían las aplicaciones de relaciones era un áurea que envolvía a tus posibles parejas y una estúpida alarmita. Pues vaya tontería de avance, penséAun así desde el momento en que salí a la calle, aquello empezó a funcionar.

Los avisos se sucedían, una chica que trabajaba en un puesto de prensa cerca de casa que tras ver sus fotos en redes no me atraía para nada, “descartar”; una cuarentona que paseaba a su perro aparentemente triunfadora y elegante, pero aspiraba a algo mas cercano a mi edad, “descartar”; una chica que trabajaba en mi mismo edificio con un gorro de lana con forma de león cuyas valoraciones en redes eran muy bajas (menos de un 4!), no quise saber más, “descartar”; también irónicamente me saltó alarma con mi jefa, clara y rotundamente, “descartar”.

Y así fue todo el día, pasando chicas, como si de un desfile se tratara, y no voy a admitir que todas fueron descartadas, también estuvo la rubia explosiva de vestido rojo que me rechazó tras una meritoria conversación de 2 minutos, la chica tímida de largas pestañas que tras indagar un poco descubrí que participaba en una secta, la del pañuelo burdeos que le gustaban las mujeres, y un largo etcétera que acabó por desanimarme, por lo que al salir de trabajar desinstalé las aplicaciones y mis gafas volvieron a estar como por la mañana.

Pero cuando más desesperanzado estaba, ocurrió lo inesperado

El tiempo había empeorado a lo largo del día, tal y como la aplicación había vaticinado, al salir de la oficina llovía con intensidad y ráfagas de viento hacían levitar la basura de las calles. Aquel día iba de mal en peor, y no se quedaría ahí la cosa. Al ir a cruzar la calle para coger un transporte público, un empujón del viento unido a una calzada deslizante hizo que cayera de bruces. Mi paraguas salió volando, y oh no..! Con el golpe mis gafas de realidad aumentada se habían partido y desconectado en el acto.

Un malestar me envolvió y surcó todo mi cuerpo como una serpiente, despacio pero desagradable. Hacía demasiado tiempo que no veía el mundo sin información adicional, todo parecía mucho más tranquilo, mucho más natural, y eso me asustaba, me había acostumbrado al ruido, las imágenes, las letras desfilando frente a mí, la información descontrolada y mi cerebro siempre centrado. Me sentía cada vez más extraño y desorientado, ahora las calles pese a haber más personas y movimiento me parecían desnudas, ya que todos iban inmersos en su “realidad paralela”. Para todos ellos ahora mismo yo, sin mis gafas no era nada, solo un obstáculo tirado en mitad de su camino.

Aquellos pensamientos empezaban a abrumarme, y los nervios típicos que aparecen ante una situación desconocida empezaron a florecer (me había acostumbrado demasiado a vivir tras las gafas). Cuando de repente.

Hola, jiji, te encuentras bien? Qué haces ahí tirado? espabila hombre! te estás empapando.

Fue la primera vez que escuché su voz. En realidad quedé sobresaltado, porque aquella persona desconocida que me hablaba a la espalda me agarró del hombro, hizo que me levantara y me abrazó con uno de sus brazos mientras con el otro me tapaba con su paraguas. En aquel momento estaba un poco desconcertado ¿Quién era aquella chica? ¿y por qué me ayudaba? Ya nadie hacía esas cosas, todo el mundo iba demasiado metido en sus propios pensamientos.

Fue entonces cuando la miré, su cara me resultaba familiar, aunque no sabía por qué.

Gra-gracias – Fue lo único que me salió en aquel momento.

Anda, vamos a aquella cafetería, te has puesto perdido, y necesitas secar esa ropaY sin previo aviso, tiró de mi hacia la cafetería que había en la esquina. Todos los días pasaba por allí, pero nunca había tenido un motivo para entrar. Supongo que no me resistí por el shock, y porque desde el primer momento que me tocó algo me decía que era una persona de fiar.

Una  vez dentro, sentados a la mesa, y ya más reconfortado, me di cuenta de dos cosas que me sorprendieron. Primero me fijé en que ella tampoco llevaba gafas de realidad aumentada puestas (mierda, una friki revolucionaria “amante de la vida”), en mi cabeza me había creado el estereotipo de que aquellas personas eran estúpidas ya que se negaban a acoger la tecnología por puro desconocimiento. La otra cosa de la que me di cuenta acto seguido al ver el gorro que llevaba en la cabeza con forma de león es que ya conocía a aquella chica, era la misma que había descartado esa misma mañana por malas valoraciones.

Aquello no pintaba bien, pero sin saber cómo la chica ya me estaba hablando. Decidí quedarme un rato, supongo que por respeto, además de que se había portado bien conmigo. Que menos que ser amable, luego me iría y no tendría por qué verla más. Iluso…

Pareja sentada hablando

Cada palabra que salía por sus labios denotaba inteligencia y una vivacidad que hacía tiempo no sentía en nadie. Pasó una hora, pasaron dos, y yo de allí no me quería ir nunca. En un momento de la noche le pregunté por sus redes, por qué alguien como ella tenía mala reputación.

Descubrí que se había debido a varios lances en disputas a favor de los animales y en contra de una vida tras las gafas. Aún no entendía bien por qué había personas con esa mentalidad (tonto de mí… pronto lo descubriría), pero empezaba a respetarla y me di cuenta de lo estúpido que había sido y que era el mundo en el que vivimos el que juzgaba a las personas por un retrato en la red. Por muy certero que esté dibujado el retrato, le falta alma, y siempre será una representación de los ojos del pintor; sin embargo, el alma de ella lo describía todo.

Se hizo tarde y sorprendentemente me propuso repetir algún día. Sin saber aún bien por qué yo le dije que nos veríamos allí al día siguiente. Ella aceptó con una sola condición, si quería verla siempre tendría que ser sin gafas. Al principio dudé, pero acepté.

Al día siguiente me compré unas nuevas gafas de realidad aumentada, las usé como a diario, pero al llegar las 20.00 y salir de la oficina, me las quité y allí estaba ella. Descubrí mucho más, y me pareció una persona brillante, un brillo de los que atrapan. En un momento de la conversación ella rió a carcajadas, y en ese preciso momento lo entendí. Supe por qué era mejor ver el mundo sin gafas.

Era la sonrisa más bonita que había visto nunca, de esas auténticas, con dientes, con arrugas en las mejillas y brillo en los ojos. En ninguna de sus fotos salía sonriendo, y le pregunté por qué no se mostraba así al mundo.

Una sonrisa es el efecto de un momento. Un momento alegre, una situación cómica, o una reacción descontrolada. No es algo constante. ¿Por qué debería mostrarla así?

No hizo falta contestarle, pero desde ese momento supe que quería ver aquella sonrisa cada día.

Ha pasado ya un año, sigo usando mis gafas, y viviendo en una realidad aumentada, pero ya no hay día en que no me las quite para disfrutar de ella. Es la única realidad que quiero ver sin modificar.

La moraleja

Hoy es San Valentín, y hemos querido hacer algo diferente. Todos nosotros usamos y adoramos la tecnología, nuestra otra realidad, en la cual cada vez pasamos más tiempo. Creemos que es necesaria, eso no lo niega nadie, y con ella nuestra vida es mejor. Pero con esta historia espero haber trasmitido el mensaje.

Cuando esta noche estés con tu chico, o chica, amigos o familia, deja el jodido móvil en el bolsillo un rato. Porque los ratos que pases mirándolo serán momentos perdidos con esas personas. No compartas en instagram una comida, cómetela. No grabes en vídeo un espectáculo para verlo después, disfrútalo. No pongas un tweet de lo chulo que ha estado el guitarrista callejero, acércate y díselo a él.

Y así podría seguir 2000 palabras más, pero ya me canso. Reflexionad vosotros, que yo… me voy a vivir.

 

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Rafa López

Marketing y publicidad, pero siempre con un toque digital y una pizca de locura son mi receta ideal. Geek y apasionado por las nuevas tecnologías. Ya que me gusta estar siempre conociendo nuevas cosas, por qué no compartirlo?

Comments

  1. Chapó

  2. Bravo! 🙂

  3. Enhorabuena, no todo el mundo tiene ese don para contar historias que te enganchan de principio a fin!

  4. Siempre a mejor. Eres grande.

  5. Mª Angeles Abenza Díaz Says: febrero 15, 2017 at 4:42 pm

    Vaya Rafa!!!, que buena historia y que bien contada. Me encanta,espero seguir leyendote, te mando un beso gigante guapo.

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